En Monleón, la representación adquirió una dimensión especial en el interior de Santa Isabel. Allí, las palabras del místico carmelita encontraron un espacio donde la arquitectura, la música y la interpretación parecían formar una única obra. El templo no fue únicamente el lugar donde transcurrió la función; se convirtió en parte del propio relato. La prolongada ovación con la que el público despidió a los cinco intérpretes fue también un reconocimiento a ese esfuerzo compartido entre instituciones y creadores.
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